La reseña de Roberto Ramos Perea

UN LIBRO IMPRESCINDIBLE
Por ROBERTO RAMOS-PEREA
Acaba de publicarse uno de los más importantes libros de la historia cultural de nuestra Nación. Se trata del libro LOS VIEJOS CINES DE PUERTO RICO, escrito por José Alfredo Hernández Mayoral.
No quiero pecar de prejuicio en este breve comentario crítico, porque Hernández Mayoral, además de ser mi fiero abogado personal, es un gran amigo a quien aprecio, admiro y distingo desde hace muchos años, pero tengo que comenzar por enfatizar en la seriedad académica con la que emprende este notable tomo de historia cinematográfica puertorriqueña de cerca de 500 páginas. Libro profusamente ilustrado a colores, y que recorre desde la llegada a Puerto Rico de los primeros inventos cinematográficos de luz e imagen a principios del año 1896 (el cinematógrafo se consolida como arte por los Hermanos Lumiére en 1895), hasta los cierres de los cines actuales por causa de la pandemia.
Este libro es un trabajo detallado al vicioso extremo de la fecha y lugar precisos, de los procesos sociales e históricos que lo enmarcan, de los avances arquitectónicos y tecnológicos, de las leyes de censura y las batallas entre compañías distribuidoras y empresarios por el control del interés del público y el capital generado.
Cada página es una aventura en una zona completamente desconocida para muchos, incluso para aquellos que nos dedicamos a la investigación cultural. Con dedicado rigor y con perseverancia de monje de claustro, Hernández Mayoral inicia el trayecto cronológico mes por mes, día por día, de la construcción de cada cine de cada uno de los municipios de nuestro país. Su foco descansa sobre el avance cronológico que permite ver la ascendencia y decadencia de los procesos atropellados de la modernidad puertorriqueña y la liquidez–según la llama Bauman- de la decadente posmodernidad. No sólo es una historia, es también una discusión económica sobre el control del entretenimiento popular.
Sin embargo, Hernández Mayoral no pretende hacer una digresión sociológica de nuestra cultura del entretenimiento. Extrañamos esa hermenéutica que nos permitiría luces sobre el cambio angustioso del mundo teatral que dominaba la Nación hasta la Invasión del 98, hacia el mundo cinematográfico que resultó ser “el nuevo amo”.
Este análisis lo consideraríamos vital en un recuento como este, pero esta ausencia queda subsanada por la amplia expresión de una nacionalidad forjada en aquellas fachadas de los cines, que iban desde la lona de las carpas, a los frisos catedralicios. En ellos también había Nación y sociedad.
Sus primeros capítulos sostenidos por sólidas fuentes primarias señalan la vitalidad con que la pasión del cine se empezó a vivir en cada municipio puertorriqueño. Complementa su enjundioso relato la lucha contra la censura en la que resalta varios artículos qué cuestionaban “el lado asqueroso y negro de las cosas” que el cine representaba.
Uno de sus mejores aciertos es la memoria honorable de quien fuera don Rafael Ramos Cobián. El autor entra cómodamente en la intimidad de un empresario que quería hombrearse con las más rutilantes candilejas del Hollywood estadounidense. Dedica varios largos incisos a relatar huelgas, procesos legales contra los monopolios de exhibición y la producción cinematográfica de sus dos películas “Mis dos amores” y “Los hijos mandan” protagonizadas por nuestra olvidada pero primera estrella hollywoodense Blanca de Castejón.
Como abogado al fin, meticuloso, mesurado y totalmente desapasionado Hernández Mayoral nos entrega paradójicamente, la historia de una de las más importantes pasiones de nuestra cultura, la pasión de hacer cine. Las numerosas menciones a la producción de películas puertorriqueñas o extranjeras producidas aquí, enriquecen de manera suprema los previos trabajos que se han escrito sobre la historia de nuestro cine, desde nuestro primer historiador cinematográfico Joaquín “Kino” García hasta las investigaciones de Marisel Flores y Rosi M. Bernier.
Este libro no sólo trata sobre el auge y caída de los viejos cines de pueblo que todos los mayorcitos alguna vez visitamos, sino que resucita el ambiente, el vocabulario y el color pálido y deslucido de lo que una vez fueron las grandes catedrales del cine mudo y del sonoro. La profusión de fotografías que comparan el pasado con el presente es ciertamente alucinante. Cabe destacar que el diseño del libro, cómodo por demás, es del propio autor. Su escogido fotográfico es una verdadera invitación al diálogo y a la remembranza.
No sólo felicitamos este libro, lo agradecemos. Por qué tanto el teatro como el cine y los espacios qué a ambos artes se les dedicó en nuestras plazas y calles constituyeron el afectuoso almacén de una memoria. Como el chiquitín avezado de Cinema Paradiso, Hernández Mayoral visita estos cines con simpatía generosa y aire de maravilla y nos la cuenta sin omitir los detalles que validen su asombro.
Todos deberíamos tener este libro en nuestras casas. Por lo menos todos aquellos que alguna vez no sentamos en un “paraíso”, o en un “gallinero”, o en un “meaíto” a ver el “matiné” por medio peso.
Por mi parte, yo recuerdo mi Teatro Yagüez con tanto amor, que no puedo sacar de mi memoria adolescente aquel pasillo oscuro con la ventana de la taquilla iluminada por una rala bombilla, el olor húmedo y estancado de alfombras viejas, el chillido del viejo fierro de las butacas… y sobre todo aquella pantalla, -plata de dioses- qué tantas veces me llevó a otros mundos inimaginables y crió en mi la pasión por la imaginación. Pero más que todo, me hizo volar al mundo de mi propia fantasía, qué el cine construyó para el resguardo fiel de mis más íntimas memorias.

1 comment

  • En cuanto al Teatro Municipal de Naguabo, Jose Alfredo se colgó. Don Gabriel Ortiz (bisabuelo de mis hijos) sólo fue administrador del teatro que construyó Don Juan Garzot en 1920. Luego si fue propietario del Cine Progreso (1950) donde tenía su estudio fotográfico. El Teatro Municipal ahora es que se llama Ramón Rivero Diplo.

    Luis R Gonzalez Argueso

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