El cine en la montaña en los años veinte

 

En 1923 Katherine Merriam narró para The Motion Picture Magazine la experiencia de acudir a un cine en la región central montañosa de Puerto Rico donde visitaba a una amiga. No identifica cuál era el cine ni el pueblo, pero por sus descripciones lo más probable es que se refiriera al Cine Esperanza de Adjuntas.

Si había función dependía de que llegara la película, la cual venía en guagua. Aparenta ser que este servicio era regular, tal vez diario, pero de ningún modo confiable.

Cuando el dueño del cine recibía la película, lanzaba desde la plaza un cohete con petardo para que el pueblo se enterara por medio de la explosión que esa noche habría cine.

Por la tarde la banda musical del cine daba un recorrido por las calles del pueblo. Las muchachas se ponían mantillas y se iban a la plaza, donde se reunían y comenzaban a caminar en forma de círculo. Llegaban entonces los varones y rodeaban el círculo caminando en la dirección contraria.

Durante todo esto, varones y hembras no se hablaban entre sí. La comunicación era con las miradas, eludiendo así el escrutinio de las chaperonas que observaban desde los bancos.

Al rato volvía a aparecer la banda, esta vez significando con su música que se acercaba el comienzo de la función. Las muchachas iban primero, compraban sus taquillas y se sentaban en filas alternas. Después, entraban los varones y se sentaban al frente o detrás de sus respectivas amigas, nunca al lado.

Sonaba una chicharra como aviso final y pronto la sala se oscurecía. En el pueblo se enteraban que había comenzado la función pues el sistema eléctrico no era muy robusto y cuando se encen- dían los proyectores se daba una reducción de voltaje en todas las casas que tenían luz.

En la pantalla del cine aparecía primero un anuncio pidiendo a las damas remover sus sombreros y luego clisés de cada comercio del pueblo. Entonces comenzaba el programa de la noche con un noticiario que podía tener seis meses de viejo. Luego se proyectaba la película, la cual podía tener dos años. Esta, muda todavía, se proyectaba con subtítulos en inglés y en español que no siempre coincidían. Los protagonistas podían estar casados en inglés y ser solteros en español.

La banda que había estado dando recorridos por el pueblo, ahora daba acompañamiento a la película. Su repertorio consistía de tres piezas que repetían durante toda la función sin prestar atención a la naturaleza de la trama. El marido podía estar abandonando a su esposa bajo la más alegre música de baile, lo cual quizá no es un buen ejemplo.

Al igual que en todos los demás cines, los ruidosos se iban a la galería desde donde gritaban delirantemente cada vez que el héroe abrazaba a su heroína luego de rescatarla. Pero estos no eran los únicos que podían interrumpir una película. Era normal ver perros paseándose por los pasillos. Cuando formaban peleas entre ellos, el operador detenía la película y proyectaba un clisé solicitando a los dueños que se llevaran sus perros a la casa. Para culminarlo todo, una vez terminaba la función, los niños se ponían a correr por los pasillos soltando petardos.

5 comments

  • ¿Es posible obtener el libro autografiado?

    Sandra Ortiz
  • Cuando tenga el libro, me dare un banquete de memorias rescatadas. Me transporta a mi nñez de mi amado Utuado, el cine de los Casellas.

    Juan A. Jimenez Maldonado
  • Todo un evento ir al cine en la montaña. Definitivamente más festivo que en cuidad.

    Jossie Villamil
  • De Camuy se mencionan dos cines: el Camuyano y el Oriente.

    Jose Hernandez Mayoral
  • Buenas Tardes! Me gustaría saber si en el libro está reseñado algo del cine del pueblo de Camuy. Mi abuelo era el dueño.

    Jomarie Cabrera

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